Creí que estaba lista para el regreso a clases

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Luego de unas largas vacaciones de verano con mis dos niños jugando y peleando todos los días, excepto cuando pedían comida unas 20 veces por día, o reclamaban más tiempo viendo el televisor, estaba contando los días para el regreso a clases.

Tenía todo listo. Las mochilas, las loncheras, snacks sanos, uniformes, tenía todo membretado y había personalizado sus libros de transición, “Corazón de león va a la escuela”, el cual les leí todos los días, una semana antes del primer día de clases.

Tenía curiosidad de ver la reacción de Dante (3) quien nunca se había separado de mi, y también de León (5), en su primer día en una escuela nueva.

¡El gran día llegó! Estaban muy emocionados, pero no nerviosos, cuando dejamos a cada uno en su aula. Dante inmediatamente fue a jugar y se olvidó de nosotros.

León comenzó a mostrarse tímido entre más niños entraban a su salón. Me di cuenta inmediatamente, y decidí separarlo del tumulto, me senté con él y le dije que no me iría hasta que él se sintiera seguro y tranquilo con su entorno. Le tomó cerca de una hora, lo cual es increíble para un niño altamente sensible como él.

Me fui de la escuela con una gran sonrisa en el rostro y una docena de planes personales en la cabeza. Llegué a casa y me tomé el primer café sin interrupciones en mucho, mucho tiempo.

Pero después fui a buscarlos y algo inesperado ocurrió. Tan pronto como llegaron a casa ambos explotaron en el berrinche más gigantesco que he presenciado en mis 5 años de experiencia como mamá.

Comenzaron a gritar y tirar cosas para todos lados cuando les ofrecí una comida que no les gustaba. Nunca me imaginé la reacción de ellos (obviamente no se trataba de la comida). Pero, si algo aprendí en nuestro verano caotico fue a respirar y dejar pasar las tormentas emocionales.

Así que me quedé ahí parada, respirando y observando mis propias emociones surgiendo y desapareciendo.

Una vez que la tormenta pasó y mis pequeños se tranquilizaron, los abracé y comencé a narrar lo ocurrido poniendo nombre a cada una de sus  emociones: enojo, frustración, rabia, tristeza.

Esa misma noche, luego de acostarlos, tuve mi propio desahogo de emociones. No volaron cosas por el aire, pero sí lloré porque están creciendo muy rápido, porque pensé que estaba lista para este momento y no estaba y porque, hasta el día anterior, había pasado los últimos seis años de mi vida embarazada, amamantando, teniendo a uno de ellos, o los dos, conmigo en casa todo el tiempo, y hoy volví, por primera vez, a una casa vacía por muchas horas y eso trajo, primero felicidad y después lágrimas.

Ser madre es vivir con sentimientos encontrados constantemente.

Afortunadamente, esa misma noche, navegando la web, me topé con un artículo escrito por mi experta en crianza favorita, Lina Acosta Sandaal, en el que leí que la transición escolar puede durar hasta 45 días y que el desahogo de emociones de mis hijos era complemente normal y parte del proceso.

Así que el siguiente día me preparé!

Antes de ir a buscarlos al colegio, alisté un área para relajarnos con una manta y cojines, el i-pod y libros. Tan pronto como llegamos de la escuela, los llevé ahí, los dejé que pusieran la música que quisieran y leimos un par de libros con música de fondo.

Poco a poco, y sin que yo les preguntara, comenzaron a contar anecdotas de su día en la escuela, y yo disfruté de escuchar de sus nuevas aventuras lejos del hogar.

Una vez que tienes hijos, no solo tienes la oportunidad de verlos crecer, si prestas atención, también podrás verte a ti misma creciendo con ellos.

¡Feliz regreso a clases, mamás y papás!

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